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Comprensión de la mente

Naturaleza y funciones de la mente

Formato: Rústica
ISBN: 84-920943-5-4
Detalles: 1ª edición - 1999; Traductora: Mariana Líbano, Colaborador: Javier Calduch; 326 páginas, 135 x 216 mm.
Precio: 17.00 €  
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Rústica
En este extenso comentario, basado en las enseñanzas de Buda y en las experiencias de meditadores realizados, se ofrece una profunda presentación de la naturaleza y las funciones de la mente.

En la primera parte se describen con detalle diferentes clases de mente, revelando la profundidad de la comprensión budista de la psicología humana y cómo se puede utilizar para mejorar nuestras vidas.

La segunda parte es una guía práctica para cultivar y mantener una mente positiva, y en ella que se enseña a reconocer y abandonar las mentes perjudiciales, y a sustituirlas por estados mentales apacibles y beneficiosos. De este modo descubrimos que podemos ser felices independientemente de las condiciones externas.


Extracto de este libro:

Discernimiento

Definición de discernimiento

El discernimiento se define como «el factor mental cuya función es aprehender la característica distintiva de un objeto».

Todos los objetos tienen características que los distinguen de los demás y que nos permiten reconocerlos. La función del factor mental del discernimiento es aprehender estas características específicas. Cuando miramos un árbol, por ejemplo, nuestra consciencia visual conoce este objeto porque distingue sus características específicas. Si nuestra consciencia visual careciera del factor mental del discernimiento, no podría distinguir el árbol de otros objetos y, por lo tanto, no lo reconocería. Para reconocer un objeto, tenemos que saber cuáles son sus características específicas. Por ejemplo, un recién nacido no conoce las características específicas de un reloj de pulsera y, por lo tanto, no puede reconocerlo.

Funciones del discernimiento

La función del discernimiento es distinguir un objeto de otros e identificarlo como esto o aquello. El discernimiento asociado a las mentes conceptuales sirve también para designar o nombrar objetos. Hay dos maneras de designar un objeto: verbal o mentalmente. La primera es lo mismo que nombrar, y la segunda, que concebir.

Las características específicas de un objeto no existen por su propio lado, sino que son meramente designadas por la mente que las aprehende. Para comprender esto, veamos cómo distintas personas pueden percibir un mismo objeto de diferente manera. Por ejemplo, algunos pueden considerar que una persona llamada Juan es su amigo y otros que es su enemigo. Si las características para ser un amigo o un enemigo existieran en Juan, sería ilógico que los demás tuviesen de él opiniones contradictorias, pero lo cierto es que son meramente designadas sobre él por distintas mentes. Juan carece de un conjunto de características específicas que diversas mentes puedan descubrir; lo que Juan es sólo depende de cómo lo identifican las mentes que lo aprehenden. Por lo tanto, podemos elegir cómo identificar los objetos, y nosotros, como practicantes de Dharma, debemos hacerlo de manera constructiva y virtuosa.

Clasificación del discernimiento

Hay tres maneras de clasificar el discernimiento. Desde el punto de vista de la condición dominante particular, hay seis clases de discernimiento:
1. Discernimiento asociado a la consciencia visual.
2. Discernimiento asociado a la consciencia auditiva.
3. Discernimiento asociado a la consciencia olfativa.
4. Discernimiento asociado a la consciencia gustativa.
5. Discernimiento asociado a la consciencia corporal.
6. Discernimiento asociado a la consciencia mental.
Si cualquiera de las seis consciencias careciera del factor mental del discernimiento, no podría comprender su objeto. El discernimiento asociado a la consciencia visual es percepción visual pero no consciencia visual, porque consciencia y mente primaria son términos sinónimos.

El discernimiento puede clasificarse también en dos:
1. Discernimiento erróneo.
2. Discernimiento correcto.
Todas las percepciones erróneas están basadas en discernimientos erróneos, y debido a ellos cometemos acciones físicas, verbales y mentales perjudiciales. Actuamos de manera equivocada porque estamos bajo la influencia de las perturbaciones mentales, que a su vez están basadas en discernimientos erróneos. El odio, por ejemplo, identifica el objeto como si fuera intrínsecamente desagradable, mientras que el apego lo hace como si fuera intrínsecamente atractivo. En ambos casos, el discernimiento es erróneo porque el que un objeto sea atractivo o no, depende de la mente, ya que estas características no se encuentran en el objeto.

Si el factor mental del discernimiento es erróneo, la mente primaria y los demás factores mentales que lo acompañan serán percepciones erróneas. Puesto que el aferramiento propio y las creencias perturbadoras se basan en discernimientos erróneos, aprehenden objetos erróneos. Los dieciséis pensamientos erróneos que se mencionan en las enseñanzas del Lamrim, enumerados en las páginas 00-00, se basan también en discernimientos erróneos. Por ejemplo, el segundo de ellos, no desear extraer la esencia de nuestra preciosa existencia humana, lleva implícito el discernimiento erróneo de que lo único que merece la pena en la vida son los placeres mundanos. Los practicantes de Dharma deben rezar para liberarse de estos discernimientos erróneos, porque les impiden alcanzar las realizaciones de las etapas del camino. Éstas se logran eliminando estos discernimientos y generando los correctos.

Existen numerosas causas de discernimientos erróneos, como impresiones que arrastramos del pasado, familiaridad, recibir malos consejos o enseñanzas incorrectas y contemplar razonamientos equivocados. Todos tenemos semillas de discernimientos erróneos, pero el que maduren e influyan en nosotros depende en gran parte de nuestro modo de vida. Si llevamos una vida desordenada, intentaremos justificarlo con pensamientos erróneos, pero si practicamos la virtud, lo más probable es que adoptemos formas correctas de pensar.

Las impresiones de la ignorancia producen discernimientos erróneos que aprehenden una entidad propia inherente en los fenómenos, aunque en realidad no exista. Además, debido a nuestra familiaridad con las perturbaciones mentales, consideramos a unas personas como amigos, a otras como enemigos y a otras como extraños, pero estos discernimientos son erróneos, porque en realidad todos los seres sintientes son nuestras madres.

El discernimiento puede clasificarse además en otros dos:
1. Discernimiento claro.
2. Discernimiento confuso.
Si nuestro discernimiento es claro, aprenderemos con facilidad y rapidez. El discernimiento claro y correcto constituye una de las condiciones necesarias para mejorar nuestro entendimiento de los objetos que debemos practicar y de los que hemos de abandonar, y nos ayuda a evitar las acciones físicas, verbales y mentales perjudiciales.

Al dormirnos nuestro discernimiento se vuelve confuso y por esta razón es probable que cometamos errores. Al principio nuestros sentidos todavía funcionan y, por ejemplo, si alguien habla a nuestro alrededor, seguimos oyendo sonidos aunque no comprendamos con claridad la conversación. El discernimiento del moribundo también es confuso, por lo que le resulta difícil comprender con rapidez lo que le dicen y se equivoca o desvaría. Las deficiencias mentales son también a menudo el resultado de un discernimiento confuso.

Algunas veces, cuando escuchamos las enseñanzas o leemos libros de Dharma, no los entendemos y pensamos que no están bien presentados, pero lo que sucede en realidad es que nuestro discernimiento es confuso. Si fuese completamente claro, comprenderíamos las enseñanzas aunque fueran impartidas sólo con gestos de manos.

Al comprender que las sensaciones y los discernimientos estimulan las perturbaciones mentales, algunos practicantes intentan abandonarlos absorbiendo su mente en concentración y permaneciendo en un estado sutil en el que no se manifiesta ninguna señal de actividad mental. Este estado se conoce como absorción sin discernimiento. En él, la mente está absorta en la nada de manera convergente y, en consecuencia, carece de sensaciones y de discernimientos burdos. Cuando estos practicantes mueren, renacen como dioses de larga vida en el nivel de la nada del reino inmaterial, donde permanecen en el estado de absorción sin discernimiento durante largos períodos de tiempo.

Al suprimir el discernimiento de objetos burdos, estos meditadores no permiten que las perturbaciones mentales se manifiesten, pero en realidad no las eliminan y, por lo tanto, no alcanzan la liberación del samsara. Aunque pueden suprimir las sensaciones y los discernimientos burdos asociados a los niveles burdos de la mente y, de esta manera, anular durante un tiempo los problemas que les suelen causar, no consiguen abandonar las sensaciones y los discernimientos sutiles asociados a la mente sutil. Cuando dormimos profundamente cesa toda la actividad mental burda y parece que estamos inconscientes, como un objeto inanimado, pero lo que ocurre es que nuestra mente se ha vuelto muy sutil. Algunos practicantes logran manifestar un estado similar en meditación y creen haber alcanzado la liberación, pero en realidad lo que hacen es permanecer absortos durante mucho tiempo en un estado parecido al del sueño profundo y, cuando su karma termina, su actividad mental burda se reanuda y despiertan.

Durante la época de Kashyapa, el tercer Buda, dos meditadores hinayanas entraron en el estado de absorción sin discernimiento y, por el poder de su concentración, permanecieron en él durante cuatro millones de años. Después de que Shakyamuni, el cuarto Buda, pasara al paranirvana [falleciera], los descubrieron enterrados en un lugar cerca de Varanasi. Al despertar de su nivel sutil de consciencia y cuando sus sensaciones y discernimientos burdos resurgieron, preguntaron por Buda Kashyapa. Los discípulos de Buda Shakyamuni allí presentes contestaron que ya no se encontraba entre ellos y que incluso éste había muerto. Tras escuchar estas palabras, los meditadores fallecieron. Gracias a su concentración consiguieron aislarse de los problemas del samsara durante un tiempo, pero como en este estado de absorción no es posible avanzar espiritualmente, a pesar de su larga meditación, no lograron grandes beneficios.

En lugar de esforzarnos por suprimir el discernimiento, es más útil intentar generar discernimientos correctos. Si deseamos eliminar las perturbaciones mentales por completo, en vez de alejar nuestra mente de los objetos contaminados, debemos identificar con claridad el objeto del aferramiento propio, refutarlo con un razonamiento lógico y, finalmente, meditar en la verdadera vacuidad. También debemos cultivar discernimientos correctos de los diferentes aspectos del camino espiritual de la vastedad.

Como seguidores del camino mahayana, no deberíamos interesarnos demasiado en la meditación de la absorción sin discernimiento porque no produce resultados duraderos. No nos ayuda a cultivar las mentes de renuncia, compasión, bodhichita, la visión correcta de la vacuidad ni las realizaciones de las dos etapas del tantra. En ocasiones, si estamos muy alterados, podemos practicar esta absorción durante unos minutos para calmarnos, pero no deberíamos considerarla como nuestra meditación principal.

En otra analogía, Buda Shakyamuni comparó los objetos de deseo con el fuego. Si tenemos frío y nos acercamos a una hoguera, entraremos en calor, pero si tocamos el fuego, nos quemaremos. Del mismo modo, las polillas se sienten tan atraídas por la llama de las velas que mueren abrasadas. Por lo tanto, si tenemos apego a los pequeños placeres de los objetos de deseo, nunca alcanzaremos la verdadera felicidad de la iluminación y seguiremos experimentando decepción y sufrimiento.

Debemos recordar estas analogías y meditar sobre los inconvenientes del apego. Cuando perdamos la ilusión por los objetos de deseo, que producen placer temporal, pero sufrimiento duradero, hemos de hacernos la misma pregunta que Shantideva:

«¿Por qué no entro en el camino que conduce a la liberación, donde la palabra sufrimiento ni siquiera se conoce y donde encontraré felicidad temporal y última? Voy a realizar mis prácticas de Dharma con tanto entusiasmo como el elefante que, atormentado por el calor del mediodía, se sumerge en un lago de agua refrescante». [66]