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Corazón de la sabiduría

Comentario al Sutra del Corazón

Formato: Rústica
ISBN: 978-84-936169-4-6
Detalles: 1ª edición - febrero 2001; Traductora: Mariana Líbano, Colaborador: Javier Calduch; 206 páginas, 135 x 216 mm.
Precio: 15.00 €  
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Rústica
En este claro y detallado comentario a la Esencia de la sabiduría o Sutra del corazón, uno de los más conocidos textos budistas mahayanas, el autor explica con habilidad la naturaleza ilusoria de todas las cosas, la relación entre nuestra mente y el mundo, y el modo en que creamos nuestra propia realidad.

Si estudiamos y contemplamos este sutra, y meditamos en él, podemos adquirir una comprensión perfecta de la naturaleza de la realidad, superar dificultades en nuestra vida diaria y finalmente eliminar los obstáculos que nos impiden lograr la felicidad perfecta de la iluminación.

«Para los que estudian el budismo con sinceridad, libros tan buenos como este son difíciles de encontrar.» — THE MIDDLE WAY

Extracto de este libro:

Meditación sobre la primera profundidad del agregado de la forma

Otro ejemplo que se utiliza a menudo para ilustrar el significado de la vacuidad son las experiencias oníricas. Cuando soñamos, nuestras experiencias nos parecen reales. Algunas veces viajamos a lugares pintorescos, nos encontramos con personas hermosas o con seres aterradores, realizamos diferentes actividades y, como resultado, sentimos placer o sufrimiento y dolor. En nuestro sueño aparece un mundo que sigue sus propias leyes. En ocasiones se asemeja al que experimentamos durante el estado de vigilia y a veces es un mundo extraño, pero en ambos casos, mientras estamos soñando nos parece completamente real. Es muy difícil incluso sospechar que estamos soñando. El mundo que surge en nuestro sueño parece existir por sí mismo, independiente por completo de nuestra mente, y reaccionamos ante él como solemos hacerlo, con deseo, enfado, miedo, etcétera.


Si mientras soñamos intentamos comprobar si el mundo que experimentamos es real, por ejemplo, palpando los objetos que nos rodean o preguntándoselo a las personas que nos encontramos, lo más probable es que lleguemos a la conclusión de que sí lo es. De hecho, la única manera de saber a ciencia cierta que estamos soñando es despertarnos, puesto que entonces comprobamos de inmediato y sin lugar a dudas que el mundo que experimentábamos en nuestro sueño era una ilusión y una mera apariencia en nuestra mente. Al despertarnos nos resulta obvio que lo que experimentamos en el sueño no existe por su propio lado, sino que depende por completo de nuestra mente. Por ejemplo, si soñamos con un elefante, este no es más que una apariencia en nuestra mente y no lo encontraremos en nuestra habitación ni en ningún otro lugar.


Si lo pensamos con detenimiento, comprobaremos que nuestro mundo de vigilia existe de manera similar al onírico. Como el mundo del sueño, aparece de forma vívida y como si tuviera existencia propia sin depender de la mente. Al igual que cuando soñamos, creemos que esta apariencia es real y reaccionamos con deseo, odio, miedo, etcétera. Asimismo, si analizamos nuestro mundo de vigilia de forma superficial, como hicimos con el onírico, para comprobar si realmente existe o no del modo en que aparece, reafirmaremos nuestra opinión. Si palpamos los objetos que nos rodean, nos parecerán sólidos y reales, y si preguntamos a otras personas, nos responderán que perciben los mismos objetos de igual manera que nosotros. Sin embargo, no deberíamos aceptar esta aparente confirmación de la existencia inherente de los objetos como definitiva porque con esta clase de pruebas no pudimos descubrir la naturaleza real de nuestro mundo onírico. Para entender la verdadera naturaleza de nuestro mundo de vigilia hemos de investigar y meditar en profundidad utilizando el análisis anteriormente descrito. Cuando entendamos la vacuidad de este modo, comprenderemos que los objetos, como nuestro cuerpo, no existen por su propio lado. Como en el caso del elefante del sueño, no son más que meras apariencias de nuestra mente. No obstante, el mundo de vigilia funciona según sus propias normas aparentes siguiendo la ley de causa y efecto al igual que nuestro mundo onírico lo hace siguiendo las suyas propias.


Por lo tanto, la experiencia de comprender la vacuidad se puede comparar con la de despertar. Cuando comprendemos la vacuidad vemos con claridad y certeza que el mundo tal y como lo experimentábamos antes era ilusorio y falso. Parecía tener su propia existencia inherente, pero al comprender la vacuidad nos damos cuenta de que es vacío por completo de esta clase de existencia y que depende de nuestra mente. De hecho, a Buda se le llama Ser Despierto precisamente por haber despertado del «sueño» de la ignorancia.